| Negro amanecer |
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Muchos amigos me dicen que sufro por frivolidades, un compañero de la Universidad me dijo: “hermano, otras personas no tienen pies ni manos o andan en sillas de ruedas y tú te preocupas por cosas sin importancia”. Lo que pasa es que este compañero no ha pasado por una historia como la mía. Es cierto, a mucha gente le preocupa más cómo conseguir un trabajo para poder mantener a su familia, otros, cuentan los días para salir del hospital en el que están internados casi toda su vida y esperan con ansias ese día para disfrutarla. Pero yo (felizmente) no tuve esos problemas; lamentablemente tuve los otros problemas. No tuve el sufrimiento físico, “el externo”, sino el otro sufrimiento, “el interno”, aquel que se origina en el alma, en el corazón, es decir, del amor. Sería inútil repetir todo lo que me ocurrió referente al maravilloso tema del amor en mi vida (por el pequeño espacio) ya que todo lo he dicho en el libro que escribí: “Espejos Azules”. Aquí sólo contaré un episodio, un momento de mi etapa juvenil en el que sufrí como nunca antes. Era fines del año 2001, hasta ese momento, amargo periodo de mi existencia. Desgraciadamente, los únicos problemas que tuve a lo largo de mi vida fue el haberme “enamorado” inapropiadamente, o mejor dicho, ¿inconscientemente? Esta fue una mala noche con un negro amanecer.
Muchos amigos me dicen que sufro por frivolidades, un compañero de la Universidad me dijo: “hermano, otras personas no tienen pies ni manos o andan en sillas de ruedas y tú te preocupas por cosas sin importancia”. Lo que pasa es que este compañero no ha pasado por una historia como la mía. Es cierto, a mucha gente le preocupa más cómo conseguir un trabajo para poder mantener a su familia, otros, cuentan los días para salir del hospital en el que están internados casi toda su vida y esperan con ansias ese día para disfrutarla. Pero yo (felizmente) no tuve esos problemas; lamentablemente tuve los otros problemas. No tuve el sufrimiento físico, “el externo”, sino el otro sufrimiento, “el interno”, aquel que se origina en el alma, en el corazón, es decir, del amor. Sería inútil repetir todo lo que me ocurrió referente al maravilloso tema del amor en mi vida (por el pequeño espacio) ya que todo lo he dicho en el libro que escribí: “Espejos Azules”. Aquí sólo contaré un episodio, un momento de mi etapa juvenil en el que sufrí como nunca antes. Era fines del año 2001, hasta ese momento, amargo periodo de mi existencia. Desgraciadamente, los únicos problemas que tuve a lo largo de mi vida fue el haberme “enamorado” inapropiadamente, o mejor dicho, ¿inconscientemente? Esta fue una mala noche con un negro amanecer. Era el año 2001 en la Universidad de San Marcos y me cautivaba una amiga llamada Rocío, ella me ayudó a olvidar a otra chica de la que suspiraba al sólo verla por los pasadizos de la facultad de Ciencias Sociales. Siempre buscaba la mejor manera de toparme con Rocío para conversar, a veces me dominaba la ansiedad cuando no la hallaba en los salones o nunca aparecía en la biblioteca. Me entristecía mucho dejar la Universidad sin haber visto a Rocío y ¡más aún! cuando estaba dentro del micro rumbo a mi casa. En el camino, muchas veces observaba por la ventana el cielo azabache y, en ocasiones, empezaba a llorar. Pero eso era sólo el comienzo de mi penuria interna. Aquella noche, (una de tantas) me entró la depresión. Al llegar a casa (y después de cenar), empezaba a leer y hacer mis tareas académicas. En aquella ocasión no podía dormir como antes lo hacía (a altas horas de la noche) y tuve que acostarme temprano. Peor para mí, ya que tendría una larga noche llena de insomnios, desvelos y pesadillas. Pero acostarme tarde tampoco era la solución. ¡Me angustiaba mucho! Siempre pensaba en Rocío. Estaba en un callejón sin salida. ¡Ni dormido ni despierto tenía paz! Al acostarme no podía conciliar el sueño, era difícil tratar de dormir. A veces pensaba en muchas cosas para distraer mi mente y así, sin darme cuenta, me quedaba totalmente dormido.
Habrá sido un martes o miércoles de un mes de septiembre u octubre cuando (como todas las noches en esa aciaga época) nuevamente me acosté a las once de la noche y no podía cerrar los ojos. Pensaba y pensaba en Rocío. Desafortunadamente, en mi habitación, existe una ventana -y por esos azares de la vida- se podía observar el oscurecido reino celestial salpicado de las incalculables estrellas formando los míticos signos del zodiaco, y en el centro de ese hermoso y triste cuadro, la luna. “¡Luna, luna, luna… tú sabes que la quiero!”, “¡luna, luna, luna… yo sin su amor me muero...!”, era la letra de una canción de un grupo musical cuyo nombre no recuerdo, ni sé si eran peruanos o argentinos, pero me servía para desfogar la presión interna y manifestar el “amor” que sentía por aquella compañera, a pesar de no conocerla.
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Efrain Nuñez Huallpayunca |
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